ERNESTONIA


El viejo fútbol y su eterna seducción en la gente
junio 26, 2007, 11:31 am
Filed under: Futbol Ernestoniano

Los jóvenes, los más veteranos, las mujeres, los chicos, hasta los que prefieren otros deportes. Todos están pendientes de esta Copa América que hoy levantará su telón.

En el cruce de Circunvalación 2 y Cumbres, donde Maracaibo se resume en una colección de motores apurados, Neiro transpira humedades y felicidades. Metido hasta el riesgo entre mano y contramano, acaba de vender uno de los 15 ó 20 gorros de la selección de Venezuela que le alimentan sus bolsillos del día. No pide más: se retrata chavista, futbolero y entusiasta de los jugadores brasileños. A su lado, frena, pregunta y, al final, compra un hombre que ni se da segundos para pronunciar cómo se llama. Una vez el escritor francés Albert Camus sostuvo: “Patria es la selección nacional de fútbol”. Vaya a saber si el hombre que paga el gorrito leyó a Camus, pero suelta una frase calcada: “La Selección es como la patria”. Luego se pone el gorrito y se pierde entre la colección de motores apurados.
En la década del noventa, Osvaldo Soriano sostenía que hay sociedades, como la argentina, a las que “lo único que nos queda es el fútbol”. Puede que por eso cada temporada en la que la que la vieja Copa América reaparece, se señala que suele generar cruces potentes entre nación, nacionalismo y fútbol. Se trata de una versión más chica pero no por eso indiferente de lo que a escala planetaria suscitan los mundiales. En ese contexto, no es secreto que la presencia potente del presidente venezolano Hugo Chávez despabila en las gargantas humeantes de sus críticos el histórico discurso de que los gobiernos aprovechan este tipo de acontecimientos para amarrar algún fin “impuro”, como afirma una mujer que maneja un vehículo flamante con el enorme y empetrolado lago de Maracaibo en el horizonte.

Se advierte que la señora no es erudita en los lazos modernos entre fútbol y nacionalismo. En realidad, más allá de Chávez y de Venezuela, esta Copa América, como cada uno de los grandes sucesos deportivos actuales, parece transcurrir en un tiempo que el sociólogo costarricense Sergio Villena Fiengo define como “el debilitamiento de la hasta ahora exitosa articulación entre fútbol y nacionalismo”. Es cuestión de certificarlo por fuera de Venezuela, mirando los rincones más y menos notorios de este continente: son días en los que las grandes firmas transnacionales, mucho más que cualquier gobernante, lanzan lluvias de publicidades emocionantes y entradoras que asocian a los equipos nacionales con la patria, aunque los dueños de esas empresas quizás ni conozcan cómo es el aire o cómo se estremece un corazón en estos países.

Destinatario de esas publicidades podría ser Carlos, un venezolanito que ni mosquea por el reinado abrumador de un termómetro en treinta y algo. Camina en Maracaibo por la avenida del Milagro sin intuir que ofrece otra referencia de época: “Lo bueno de este torneo es que veremos de cerca a jugadores que siempre están lejos”. Y es verdad.

Una prueba notoria de la desnacionalización de las selecciones “nacionales” es la composición de sus planteles: el 51 por ciento de los 264 jugadores inscriptos para esta Copa se gana el salario fuera de su tierra. El porcentaje crece si, en lugar del total, se considera sólo a los delanteros, los personajes más cotizados de este negocio: el 73 por ciento se desempeña en clubes extranjeros, la mayoría de Europa.

De todas maneras, el fútbol siempre se las arregla para seducir, como queda certificado en una charla con Luisa. Su padre es devoto del béisbol y su madre lo es de hacer compras. Ella, adolescente, hija de un país de futbolización tardía, se proclama sabihonda en partidos en la esquina intensa de Bella Vista y 5 de Julio. Generosa, sugiere afrontar el calor bebiendo agua de coco bien fría y pronuncia sin tropiezos los nombres de Crespo y Riquelme. “Va a ser una Copa América muy linda y es muy importante para nosotros”, cuenta. Cerca, se distingue un afiche donde posa la Selección Argentina. Ella lo mira, sonríe y despliega con la pierna el movimiento que millones hacen en América entera cuando, como un rito insuperable, patean una pelota. Después, Luisa sonríe de nuevo, repite el movimiento y deja que el sol de Maracaibo le ilumine la punta de los pies.

Tomado de El Clarin

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